domingo, 20 de enero de 2013

SACERDOCIO HOSTELERO



Cada vez que se cierra un bar, hay algo que se clausura más allá de un establecimiento sujeto, como cualquier otro, al genérico dictado de las obligaciones legales y al lejano registro de las estadísticas.

Tras las puertas clausuradas de un negocio hostelero laten infinidad de sueños, de esperanzas, de ambiciones, de diálogos en grito o a media voz, de deseos que se materializaron o que languidecieron para siempre tras alguna frontera, y late también, desde luego, la bonhomía y la discreción de su personal, su sacro esfuerzo, dedicado a un oficio cuya entrega excede tantas veces de las convenciones contractuales, hasta el punto de transformarse en una especie de sacerdocio civil.

Pocas personas merecen tanto la jubilación como esos hosteleros de siempre que han hecho del trabajo su vida y del descanso la excepción. Por ello quiero desde aquí trasladar mi felicitación y reconocimiento a Antonio Sánchez López, tantas décadas al frente de El Rempujo, dispuesto ahora a disfrutar de ese ocio que conoció por primera vez, según propia confesión, durante un día, cuando ya contaba 48 años de edad, una cronología en la que otros se encontraban a las puertas de tan gozosas como privilegiadas salidas del mercado laboral.

Y quiero también mostrar mis mejores deseos para quienes han trabajado con él y ahora deben seguir su andadura profesional por otras sendas.

La historia es algo más que una sucesión de fechas donde se inscriben natalicios, óbitos, edificaciones o tratados; es también el espíritu de los bares, esos lugares en los que los parroquianos marchan a veces en paralelo a los acontecimientos o se dedican, simplemente, a intentar comprenderlos o a guarecerse de ellos.

El Rempujo ha sido una especie de segundo ayuntamiento. Con su cierre, y con el futuro traslado de las dependencias municipales a la Plaza Peral, hay una parte de la realidad de El Puerto que se esfumará para siempre, y que solo rescatará la brisa de la nostalgia, esa historiografía que se escribe en el papel de los sentimientos. 
 
Francisco Lambea
Diario de Cádiz
20 de Enero de 2013

domingo, 6 de enero de 2013

A VUELTAS CON EL PGOU


El mejor regalo que los Reyes Magos podrían dejar hoy en El Puerto de Santa María es un Plan General de Ordenación Urbana (PGOU) aprobado y en vigor, aunque tal petición le resulte una quimera, un sueño inalcanzable, incluso a este mágico tridente. Tiene uno escrito que la vida es lo que nos pasa mientras esperamos la aprobación del PGOU; dicho de otro modo, somos el PGOU que nos queda, uno es cada uno y sus PGOUS. 

Ando perdido en los infinitos trámites de este documento, un texto que, definitivamente, me supera y que, por más ultimado que parezca, late pendiente de un informe definitivo (los informes sobre el PGOU son, en realidad, como los cubatas con los amigos: siempre estás en el penúltimo). 

Guarda uno la sensación de que, consciente o no, tras sus dos décadas de ejercicio profesional hay detrás un PGOU en perpetua vigilia de aprobación, una suerte de Gran Hermano urbanístico que te observa desde la altura. 

Y conviene no caer en la ingenuidad: el PGOU siempre te domina y luchar contra él resulta tarea estéril, por más que creas tenerlo descuartizado en cascos históricos, corredores verdes o dsp sucesivos. 

Lo más reciente que se conoce sobre el peregrinar del PGOU es que deambula en manos de otras administraciones (difícil encontrar un acrónimo más sobado, capaz de recorrer hasta la más ínfima mesa del funcionariado universal), administraciones que emitirán (¡oh, infelices!) dictámenes sectoriales. Posteriormente, por lo visto, ha de pasar por pleno (yo creo que es más bien el pleno, con todos sus 25 concejales, el que ha de pasar por el PGOU) para que, ya presuntamente aprobado (la historia demuestra que todos los vistos buenos del PGOU no dejan de ser presuntos) sea remitido a la Junta de Andalucía, donde hay quienes, inocentemente, creen tener la postrer palabra sobre un libraco que exhibe vida propia e independiente de todo empleado público y sello. 

El PGOU es un pecado original burocrático: quieras o no quieras, naces con él. Dios construyó el mundo en seis días, pero a falta del PGOU: cuando se hizo la luz fue por autorización ilegal.

Francisco Lambea
Diario de Cádiz
6 de Enero de 2013